Historia - Hospital Nuestro Padre Jesús de Nazareno
 
 
 
 

EL MOLINO HARINERO

     Sin lugar a dudas, la propiedad más rentable que tuvo el Hospital fue la aceña. Su incidencia en la vida económica y, por ende, en el propio ser de la fundación es definitiva. Hasta tal punto se considera así que difícilmente hubiera sido una realidad apreciable de no contar con su existencia. El molino aportaba un caudal de rentas no solamente considerable, sino, lo que es más importante, constante y fijo. No había que esperar a la recogida de cosechas ni estar pendiente de su logro o frustación por el tiempo. En suma, la historia del Hospital de Jesús Nazareno de Luque no se concibe sin una consideración detenida de esta industria.
     Desde luego, no es por menos que admirar la visión empresarial del Hermano Antonio de Jesús al alumbrar la idea de construir un molino. Procedente de Castro del Río donde tanto la instalación de aceñas como la producción de trigo era bastante más importante que en Luque, le permitía conocer las posibilidades de la empresa que sin regatear esfuerzos acometió desde el primer día. Para el Hermano Antonio de Jesús, el molino resulta como una idea fija que le obsesiona. Y no estaba equivocado en el empeño. Afortunadamente vivió lo suficiente como para verlo construido y dando frutos: la construcción del Hospital y dotación completa de medios; hasta con lujos –piénsese en la capilla y sus ornamentos– y, al mismo tiempo, acrecentar el patrimonio fundacional con la adquisición de hazas interesantes tanto por la cantidad como por la calidad como se ha reflejado. Y todo ello, aún a fuer de resultar reiteración, gracias a aquella idea feliz de construir un molino harinero.
     El empeño del Hermano Antonio de Jesús no iba a ser de fácil logro como se va a ver. No todo era cuestión de construir. El molino necesitaba de autorización administrativa para funcionar y es aquí donde se plantea el reto más considerable.

A) La autorización para moler

     Como se sabe, en 1761 fue comisionado el Hermano Antonio de Jesús para conocer el legado fundacional y las posibilidades de su alcance. En seguida se percató de que la dotación era insuficiente para algo interesante y con futuro. Pero al mismo tiempo descubrió que la solución era posible y que estaba en la fábrica del molino. Para ello se destinaría una pequeña parcela de poca calidad, el ribazo de un almatriche que figuraba entre las legadas junto al río Marbella. Por otra parte, para la construcción contaba con los 22.000 reales que en el testamento había mandado la hermana del fundador, lo que le permitía abordar la obra sin inconvenientes ni embarazos económicos de primera hora. Sin mayores miramientos inició la fábrica.
     Como se ha apuntado, no solamente era cuestión de construir. Por privilegio expedido en Burgos el 31 de mayo de 1374, el Rey Enrique II donaba a los Egas Venegas el señorío de Luque, prescribiéndose entre otras cosas que: «Se dona el señorío de la villa e castillo con todos sus términos e con montes e valles e prados e pastos e ríos e aguas corrientes e estanques con hornos baños aceñas molinos e carnicerías e huertas...». En su virtud, era de pertenencia del Conde de Luque las aguas de Marbella cuyo disfrute arrendaba y para su administración era nombrado el Alcalde de las Aguas de Marbella. De igual modo, era poseedor exclusivo del derecho a tener aceña y los vecinos tenían que valerse de ella para moler sus granos. La tenía en el río Almorchón, al final del camino de las Araguillas y se llamaba el molino Grillos. Tenía tres muelas o piedras y molía las veinticuatro horas del día. A finales del siglo XVIII fue destruido por una avenida. Debido a ello cuando el Conde, que en sazón lo era don Cristóbal Rafael Fernández de Córdoba, conoce el asunto se opuso formalmente a la construcción haciendo valer ante el Supremo Consejo de Castilla sus privilegios señoriales.
     Para solventar estas dificultades el 26 de diciembre de 1771, –cuando el molino ya está hecho y funcionando– le es concedida al Hermano Antonio de Jesús 'una licencia y poder para trasladarse a la Corte y defender el proyecto directa y personalmente ante el Consejo. La demanda se basaba en los beneficios que al Hospital producirían los productos de las maquilas, la proximidad a la villa –un cuarto de legua, frente a legua y media que distaba el de Grillos–y que en el río Marbella no existía ninguno otro que se pudiera sentir perjudicado.
     La eficacia de las gestiones hace necesario repetir aquello de con la iglesia hemos topado, pues, de ninguna otra manera se puede entender que un privilegio señorial fuera desconsiderado tan fácilmente en estas fechas del siglo XVIII cuando el valor social de la nobleza se mantenía todavía intacto al igual que su influjo. Y aun cuando los beneficios para el vecindario son incuestionables, es igualmente impensable que semejante petición hubiera prosperado de ser otro el interesado por muy poderosos que fueran los intereses colectivos que se defendieran.
     El Supremo Consejo de Castilla expide autorización con fecha 19 de abril de 1773 –cuando llevaba bastantes años de estar funcionando– para que se haga un molino harinero en la orilla del río Marbella en el sitio que llaman del Batanero y con sus beneficios asistir a los enfermos del Hospital. Cabe añadir que si bien la resolución del supremo tribunal puede resultar audaz, no lo es menos la labor del Hermano Antonio de Jesús ejecutando la obra primero y consiguiendo la licencia después.
     No sería el único pleito que habría de sostener el Hermano por causa del molino. Nuevamente el Conde denuncia la obra alegando que cambiaba el curso de las aguas con el consiguiente perjuicio para los huertanos, cosa que si bien era cierta tenía su razón de ser en las obras que se estaban efectuando y el desvío era sólo provisional. Otro pleito de más entidad tuvo con el arriero Pablo Ordoñez, empleado de la casa. Al parecer no era muy responsable en el cumplimiento de sus obligaciones, habiendo por ello recibido quejas el Hermano Antonio de Jesús, llegando al extremo de abandonar la recua a manos de un extraño. Como es de suponer la conducta había de chocar con la del Hermano que le despidió del trabajo. Grave debía ser el asunto cuando éste pidió de la Chancillería de Granada que no practicara el oficio en el pueblo por lo menos en el plazo de un año, lo que fue concedido. Entonces, el arriero se marchó a Baena y puesto en contacto con el capellán del hospital de Jesús Nazareno de allí quien, sin consideración a que se ventilaban intereses de la misma congregación y con igual finalidad, por su propia autoridad despojó al Hospital de Luque del derecho de recua que existía a su favor, para lo cual también se valió de la amistad y parentesco que Pablo Ordoñez tenía con los diputados del común de Luque. De este proceder se consiguió que el arriero pudiera hacer su oficio llevando granos de Luque al molino llamado Blanco que la misma orden y hospital tenía en Baena causando serios perjuicios a la institución de Luque por lo que de desvío de granos suponía. Después de muchas instancias ante la Chancillería de Granada y Regimiento de la villa con resultado infructuoso, sería el Provisor del Obispado de Córdoba quien zanjaría la cuestión restableciendo el derecho. El asunto no deja de tener un trasfondo político caciquil que denota la poca simpatía existente entre el Cabildo y el Hermano Presidente.

B) Las obras de fábrica

     El molino ha tenido actividad hasta los años sesenta aproximadamente. Últimamente era conocido como el molino Malagón aludiendo al apellido del último poseedor. Un borroso recuerdo lo representa como una buena casa, oculta por el terreno, a la que se llegaba por una angosta vereda que partía de uno de los primordiales caminos que cruzan la vega de Marbella. Estaba situado bajo un cortado terraplén cuyo desnivel era aprovechado para la caida del agua que hacía posible su funcionamiento. Disponía de un patio de entrada, utilizado también como caballeriza y la casa propiamente dicha con dos plantas. El agua motriz, procedente del cercano manantial de Marbella corría hacia su cauce definitivo en el arroyo del Vadillo. A medio camino el caz la conducía al molino para su aprovechamiento.
     Al final fue dedicado a molienda de piensos. La fabricación de harina de trigo estaba prohibida como consecuencia del régimen intervencionista de la posguerra. Precisamente esta circunstancia lo hizo popular. Por los años cuarenta, cuando el estraperlo está a la orden del día, los sustanciosos beneficios tentaban a más de cuatro y sus propietarios no iban a ser excepción. Parte de la actividad solapadamente se deslizaba hacia esta producción. El extremado celo del cabo de la Guardia Civil de Zuheros puso coto a la situación y acabó «levantándole las piedras», como recogían el pintoresco episodio las coplas de carnaval. Mientras tanto, potentes y modestos industriales comarcanos estra­perlaban sin tropiezos, algunos con verdadero descaro. En aquel estado de corrupción todo era cuestión de poder que no alcanzaba, claro es, al humilde y simpático molinero de Marbella.
     Volviendo al hilo de la cuestión, con motivo del trabajo y en la seguridad de que aún abandonado su robusta y sólida construcción mantendría de pie al menos la estructura, se bajó al paraje con el fin de testimoniar las ruinas. El resultado fue una enorme frustración. Había sido deliberadamente demolido. Un montón de escombros entre los que se veían los sillares labrados del dintel de la puerta y ventanas, vigas rotas y hierros torcidos eran los restos de la obra. Sólo quedaba en pie el muro de contención que soportaba el fuerte empuje del terreno que carga sobre él. Hecho de buenos sillares rectangulares, allí está tan a plomo y enhierto como el día que lo terminaron.
     Dicho ésto hay que hablar sin más entretenimiento del comienzo de la obra de fábrica y como fue la construcción. Para ello se dispone de dos manuscritos que recogen «los gastos ordinarios» y «extraordinarios» de la misma respectivamente, así como de sus primeros años de actividad.
     Las obras se iniciaron el 16 de agosto de 1763. Seis jornales para el des­monte del terreno a dos reales y medio cada uno y una calera en Cotillas por 157 reales constituyen los primeros asientos del libro de gastos ordinarios. La mano de obra, como era norma entonces y hasta fechas bastante recientes, se contrataba por jornales «secos» y «mantenidos». Aquellos eran por la cantidad estipulada y los segundos por cantidad menor –un real– más la comida. Esta modalidad fue la más usual en la obra particularmente cuando se trataba de maestros, oficiales o trabajadores cualificados que trabajaban por períodos regulares. La diferencia de salarios entre éstos –maestros, oficiales, etc– y los peones era acusada. Frente a los dos reales y medio del peón, aquellos percibían de tres y cuatro a seis y mantenidos. Por ejemplo, el día 10 de septiembre de aquel año, comienza a trabajar el maestro Luis de Guzmán vecino de Castro del Río, ganando ocho reales y mantenido. Siete puntos más que el peón. En cualquier caso, estos datos no concuerdan con los que escribiera Jo­vellanos en 1798: «Ningún peón gana menos de cuatro reales, ningún albañil menos de seis o siete». Los jornales con yuntas –obradas o portes– se pagaban a cinco o seis reales y los jornales que era necesario trabajar en el agua a tres y cuatro. Los precios se mantenían muy estables. Prácticamente inalterables y solamente se acusa alguna tendencia al alza en las fechas de recogida de cosechas por la demanda de personal pero realmente es inapreciable la incidencia de este factor. Como muestra la siguiente tabla:

     En los cuatro meses de obra que hubo este año 1763, se pagaron 837 jornales «secos» que importaron 2.533 reales y 81 mantenidos por igual cantidad de reales. Las obradas o portes con yuntas fueron 42 y el costo 228 reales. Los salarios de los maestros y oficiales se liquidaban por períodos y no día por día. Se les iba entregando dinero a cuenta y al final del trabajo se hacía la liquidación definitiva.
     Desde agosto y hasta el 5 de noviembre se trabajó sin interrupción y a buen ritmo. No se escatiman medios. Por ejemplo, a primeros de octubre se traen de Córdoba 114 berlingas de pino para estaquillar los cimientos, costando los portes más que el material. El cinco de noviembre se paró la obra y sólo quedaban unos peones recogiendo materiales. Al llegar a esta fecha, pues, se han sacado los cimientos y gastados un total de 4.661 reales.
     Los primeros días de enero de 1764 se reanudan las tareas. En este mes, además de la albañilería, se trabaja en la construcción del rodezno y en los saetillos de los cubos. Asimismo se compran las piedras baja y blanca para la molienda que importan 1.623 reales. Al mismo tiempo se contrata la con­trucción del muro de contención encargado de sujetar la carga del terreno por el fuerte desnivel. En él empezaron a trabajar el 9 de febrero los maestros José Rodríguez y los hermanos Antonio y Miguel Lorenzo, ajustados a dos reales y medio la vara cuadrada. Tres yuntas acarrean la piedra ininterrumpidamente. El 9 de junio se liquidan 1.444 varas de muralla que importan 3.610reales. Para esta fecha la casa estaba bastante avanzada. El tejado hecho y los suelos de la planta alta también. A mediados de julio se liquidan las rejas de ventanas y 666 varas de sillares labrados para los cubos y cárcavos. Al pie de los asientos del día 13 de julio, hay una nota que dice: «Paré la obra y me fui a los ba­ños de Juan Caliente». iMerecido descanso, Hermano!
     Los trabajos se reanudan al mes siguiente –27 de agosto– y se ocupan ahora de las terminaciones mayormente. Se liquidan las tejas y ladrillos que habían venido de Baena y Zagrillas. Pero el fuerte de esta etapa iba a ser el yeso para los enfoscados y enlucidos. Se retira del yesar de Vicente Luque por cahices ajustados a nueve reales y medio cada uno. Los portes corren a cargo de Antonio Pajares a cinco reales por cahíz. De agosto a noviembre se em­plearon 80 cahices –960 fanegas– cantidad importante que permitía pocos descansos a los maestros Francisco y José Cañete. Al finalizar octubre de 1764, la obra de albañilería se puede considerar terminada. Ahora toca el turno a los carpinteros en la hechura de puertas. El maestro es Matías Cañete que también hará el arca para guardar las maquilas. El molino ya está funcio­nando aunque no tenga licencia para ello. Como broche final se coloca encima de la puerta de entrada un escudo en piedra con el nombre de Jesús, –JHS– que en vano se intentó localizar en la visita a las ruinas.
     Al año siguiente, –20 de septiembre de 1765– vuelven los albañiles. Se trata de ampliar las instalaciones construyendo una caballeriza donde se acomoden las recuas. Casi todos los años se construía algo. Así en junio de 1766, se hace la losería de piedra para la alcoba de la planta baja. En 1767 se losa la pieza del moledero y una obra importante: la construcción de un cubo o estanque donde almacenar el agua. De esta forma la actividad de la aceña podía ser constante sin tener que estar condicionada por los riegos de las huertas. En 1768, se amplía la casa con una alcoba más y se terminaría el estanque. El libro termina el 6 de agosto de 1768. Hay una diligencia que dice: «Visto y registrado. Año 1771.– Pedro José González, Hermano Mayor». «Importan al por mayor estas planas puntualmente 34.594 reales y 17 maravedís». «Firmado en esta villa de Luque en nueve días del més de noviembre del año de mil setecientos setenta y uno. Firmado: Hermano Antonio de Jesús».

     En contraste con lo acabado de exponer, se echa mucho en falta algún cuaderno de cuentas de la fábrica de la casa hospital. No se ha encontrado ningún apunte con información sobre ello, lo cual no deja de ser extraño te­niendo en cuenta el rigor con que se contabilizaron las del molino. No se sabe si es que cuando el Hnº. Antonio de Jesús se hizo cargo ya había construido algo y se limitó a continuarla; si no se llevaron cuadernos contables, cosa rara porque se asentaba todo; que se hayan perdido, lo que es poco probable porque de esa fecha se conserva todo, en fin, una lástima porque queda una lagu­na importante para conocer la modesta institución.

C) Los gastos extraordinarios

    El primer cuaderno de los llamados gastos extraordinarios del molino se inicia el 15 de julio de 1764, o sea con el inicio de su funcionamiento y termina el 20 de octubre de 1770. Al igual que el de los gastos ordinarios tiene una diligencia final de igual fecha y firmada por las mismas personas. Como se deduce del resumen que se hace en el cuadro n.° 3, el principal capítulo de estos gastos corresponde a lo que se denomina menaje y utensilios que asciende al 52,89% del total. Junto a estos compuestos por las alpatanas, herramientas y enseres en general que se necesitaban para la aceña, se incluye en pormenorizada relación los víveres, jornales invertidos en labores y los semovientes que se adquirían (jumentos) de acuerdo con las necesidades que se suscitaban. Cabe señalar por su cuantía y volumen las compras de haldas y jerga para costales que denotan un intenso trajín. La vigorosa actividad de aquella casa es una de las conclusiones a que más pronto se llega cuando se ojean las páginas del cuaderno, al tiempo que la preocupación por una administración rigurosa que alcanza a contabilizar hasta los pequeños detalles como puedan ser el esquilo de un borrico, una herradura o la compra de un cascabel.
     El cuaderno siguiente que llega hasta mediados de 1773, mantiene la mis­ma línea que el anterior a la hora de especificar los asientos. No obstante, desde mediados de 1772 se mezclan los gastos del molino con los propios del Hospital y su comunidad. Así, se incluye la compra de la botica que con los andamiajes, alambiques y demás pertrechos se apreció en 1.373 reales; viajes del Hnº. Antonio de Jesús a Castro del Río; Córdoba a por el despacho para la apertura del establecimiento y Granada; la compra del reloj de madera; derechos de pleito con el Conde; bastantes piezas de vidrio para el Hospital y la botica; cuadros;...La mezcla de partidas da lugar a un ostensible crecimiento de las cifras de gastos fácilmente perceptible en el libro donde se registran. Un cuaderno más recoge por separado los gastos extraordinarios correspon­dientes al trienio 1774, 1775 y 1776. A partir de entonces y en los períodos en que se inscriben, los gastos extraordinarios vienen contabilizados como generales y comprenden tanto los del molino como los del Hospital.

MENAJE Y
UTENSILIOS
JORNALES
VIVERES
SEMOVIENTES
Importe
N.°
Importe
Importe
N.°
Importe
16.868
63
3.219
9.026
12
2.774
%         52,89
10,09
28,30
8,69

GASTOS ANUALES
1764
1.506
4,72%
1765
689
2,16%
1766
1.712
5,36%
1767
1.300
4,07%
1768
3.531
11,07%
1769
4.085
12,81%
1770
1.716
5,38%
1771
1.289
4,04%
1772
8.002
25,09%
1773
8.057
25,26%
TOTAL………………
31.887 reales

D) Arrendamiento del Molino

     El molino, como se ha visto, lo explotaba directamente la fundación y el hecho de la rentabilidad un acicate más para no perder su control. Sin embar­go, hacia 1820 se cambió esta modalidad por la del arrendamiento. No se sabe la fecha exacta en que esto pudo acontecer y, sobre todo, se ignoran las motivaciones que llevaran a la importante determinación. Una de ellas pudo ser la crisis de personal acaecida en la congregación de Jesús Nazareno. La falta de hermanos que pudieran atender todas las necesidades del establecimiento y concretamente de alguno dedicado a la Ilevanza del molino, se plantearía como problema importante y sugiriera la alternativa de arrendarlo. Lo cierto es que con fecha 7 de julio de 1823 se firmó un contrato de arrendamiento con Juan Ordóñez, alias Amante, que seguidamente se conocerá. Este venía a sustituir a Francisco Ruiz, vecino de Doña Mencía que hlbía cesado por cumplimiento de contrato. Habida cuenta de que éstos se otorgaban por tres años y que en el libro de cuentas generales de 1818 hay un asiento con­signando los salarios pagados al maestro molino, no es aventurado deducir que 1820 fuera el primer año que se arrendaba.
    El contrato referido lo firma por parte del Hospital el Hn°. Venancio de la Concepción, como Presidente-Administrador. Es un documento de doce folios y once cláusulas que en forma explícita y detallada recoge la operación. El procedimiento de adjudicación era por subasta y las condiciones fijadas, en resumen, son las siguientes:
    – El arrendamiento se hace por el plazo de tres años.
    – El precio son trece fanegas y media de trigo mensuales, limpio, enjuto, ahechado y de buena calidad.
    – Además del molino, comprende el aprovechamiento del huerto de por encima del caz y el jardín contiguo al molino.
     También son estipulaciones:
   a) Las alpatanas y pie de hato del molino se entregan por tasación y mediante inventario detallado de todos los útiles, herramientas, aperos y demás enseres que contenía. El valor del aprecio lo hacían dos peritos.
    b) Terminado el plazo, nuevamente se hacía inventario y aprecio y al resultado final diría quien debería pagar la diferencia.
    c) Las obras que necesite la casa-molino y limpieza del caz que no excedan los 30 reales, serían de cuenta del arrendatario y las que pasaran de dicha cantidad de cuenta del Hospital y siempre de éste «la composición de la ratera del caz mayores o menores».     Esto explica las facturas que abona el establecimiento en los años 1850 y 1851 (en este último de 3.673 reales) por obras realizadas.
    d) El pago de la renta se haría en su mitad a mediados de mes y el resto el último día de él, «conduciéndolo de su cargo, cuenta y riesgo hasta la casa Hospital», entregándose como justificante la correspondiente cédula firmada por el Presidente y con el visto bueno del Vicario «sin cuyo requisito no ha de tener valor ni efecto».
    e) En cualquier tiempo, el Vicario y Hn.° Presidente u otras personas con su orden tendrían paso franco a la sala y cocina para habitarla y usarla libremente, al igual que sus caballerías a las cuadras.
    f) El arrendatario no habría de pretender baja o descuento en la renta aunque no produjera renta alguna por poca o mucha agua, falta de molienda «o por otro caso fortuito de los inopinados».
    Del contenido de las estipulaciones, incluso del rigor con que se exigen, se saca la conclusión de que la industria producía y había postores. El tipo de contrato se repite y obra otro otorgado el 30 de septiembre de 1837 con idénticas condiciones pero en el que ya interviene como administrador don Antonio María de Toro, en representación de la Junta Local de Beneficencia y por otra parte, el plazo de adjudicación es de seis años. Es de señalar igualmente, que el inventario de pertenencias se repite casi literalmente pese a los catorce años transcurridos. Lo más valorado son las piedras de solera y corredera («con veintidós y diecisiete dedos de grueso respectivamente») traidas de Castillo Locubín. Asimismo, hay similitud hasta en la cantidad del aprecio (9.927 reales en 1823 y 9.206 en 1837) desfavorable para el segundo caso. La aparente contradicción se explica por la libertad de industria y comercio ya imperante. En consecuencia, una competencia que repercute en las valoraciones.
     El final del molino como propiedad del Hospital está, como se ha dicho, en la desamortización que se adjudicó en 11.200 reales.

E) Los operarios del molino

     En el libro de gastos extraordinarios de julio de 1764 hay un capítulo dedicado a los operarios que trabajaban en el molino. Ello permite conocer la organización del personal y los salarios por lo que se refiere a los primeros años y que debió mantenerse hasta que se determinó el arrendamiento.
     De la administración y contabilidad había encargado un hermano. Del personal y organización del trabajo un maestro. El primero que hubo fue José de la Cruz y su salario de cinco pesos al mes (108 reales) durante la temporada de verano que comprendía de junio a septiembre. La de invierno, debido al menor trabajo, se le pagaban 50 reales al mes. Además tenía asignada media fanega de harina mensual.
     Junto al maestro trabajaba el arriero y un zagal, que ayuda indistintamente a uno y otro. El salario del primero viene determinado también por la temporada oscilando entre los 25 y 40 reales. Disponía de los cuatro o cinco borricos comprados al efecto y los portes eran a Luque y Zuheros. En alguna ocasión hubo necesidad de contratar arriero que disponía de recua propia aumentando los costos considerablemente ya que por su trabajo y el de cuatro jumentos cobraba 10 reales diarios. El salario del zagal es muy variable y figura estipulado entre 9 y 17 reales al mes.
     La movilidad en el empleo del maestro molino y arriero son de significar. Por ejemplo, para 1766 hay dos maestros y lo mismo para el año siguiente. Por lo que se refiere a los arrieros, hubo once entre 1764 y 1769. No se en­cuentra una explicación a la interinidad del personal. Los salarios no debían ser causa porque su estabilidad está demostrada, consideración hecha de las dos temporadas en que se dividía el año. Cabe la posibilidad de achacarlo a la falta de probidad o pericia, pero, además de no contar con pruebas, resulta excesivo que la mala fortuna acompañara en tantas ocasiones a la hora de escoger al personal.
     Un fenómeno similar ocurre con la administración. Como queda dicho, los siete primeros años de actividad corren bajo la gestión directa del Hn°. Antonio de Jesús. El 24 de noviembre de 1771, se hace cargo de ello el Hnº. Juan Manuel. Sin embargo, a mediados del mes siguiente figura como contable y encargado el Hn.° Manolo de Dios, que lo será por poco tiempo, pues en junio de 1772, se encarga el Hnº. Antonio de San Miguel que durante algún tiempo coincide con el anterior. Más adelante sería el Hnº. Pedro de San José el responsable de la administración y contabilidad bajo la supervisión del Presidente, Hnº. Francisco de la Presentación. En lo sucesivo serán los Presidente quienes rindan las cuentas del patrimonio sin que conste ningún hermano concreto llevando las del molino.

F) Las rentas del molino: las maquilas

     La rentabilidad del molino harinero queda fuera de toda duda así como su incidencia en la buena marcha y pujanza del establecimiento. Asimismo las compras de hazas con las que se incrementa el patrimonio fundacional son posibles gracias a la maquilas. El estricto control de los ingresos y gastos coadyuvan de manera considerable en el positivo estado de cosas.
     La contabilidad de la maquilas con carácter independiente sólo consta, por un lado, en el trienio 1774-1776 y por otro desde 1780 a 1794. En el primero, representan el 83% del total del trigo recogido y en el segundo el 75% aproximadamente. Su cuantía la refleja el cuadro siguiente que expresa las fanegas de trigo y cebada respectivamente de cada año.
     Para hacerse una idea más exacta de lo que suponían las maquilas como ingresos a la fundación ha de tenerse en cuenta que en el período de 1788 a 1794, de un total de 2.479 fanegas de trigo que entraron en el Hospital, 1.842 (74,30%), fueron por maquilas. El resto corresponden: a cosecha propia 353 (14,23%); rentas de hazas 10 (0,40%) y limosnas 274 (11,05%). Se vendieron 1.580 que importaron 70.251 reales. Por último, es de decir que la maquila era un celemín por fanega que se molía, la doceava parte.

Vicente estrada Carrillo