Historia – Guerra Civil
 
 
 
 

LA COLUMNA SÁENZ DE BURUAGA

      A raíz del estallido de la guerra, don Laureano Fernández Martos, teniente coronel de Regulares retirado, gran labrador y diputado de A.P por Córdoba en las Cortes del «bienio negro», se siente inquieto en la capital de la provincia por la suerte que pueden correr su mujer y sus hijas en el domicilio familiar de Baena. Ésta localidad campiñesa, de alrededor de 20.000 habitantes, es la típica agrovilla andaluza, donde una poderosa y oligarquía agraria reina sobre la masa de jornaleros hambrientos y unas débiles clases medias.
      El mismo 19 de julio la Guardia Civil, al mando del teniente de Pascual Sánchez Ramírez, actúa con contundencia contra los jornaleros que extienden la huelga general y requisan armas por los cortijos. Así se producen las primeras bajas en ambos bandos. Pero, ante la airada reacción popular contra el golpe militar, la numerosa dotación de la Guardia Civil sublevada y un nutrido grupo de derechistas que se les une se ven obligados a replegarse y acantonarse, fuertemente armados, en la casa cuartel, el hospital de Jesús Nazareno y los edificios adyacentes, situados en la zona elevada del pueblo.
      Como en tantos otros sitios, la resistencia degenera en una explosión anticlerical iconoclasta y de odio de clases, que se lleva por delante varias víctimas, amén de algunas iglesias e imágenes religiosas incendiadas. La lucha estan enconada que se llegan a horadar agujeros en las paredes para pasar de unas casas a otras. El teniente Pascual Sánchez, que al parecer había servido en Regulares, tiene la idea de llevarse al cuartel como rehenes a familias enteras de izquierdas. En respuesta, los dirigentes anarco-sindicalistas que dirigen la resistencia ordenan concentrar en el convento de monjas de San Francisco a familias enteras de derechas; sobre todo a las mujeres e hijos de algunos de los numerosos derechistas que, sublevados junto a la Guardia Civil, defienden a tiro limpio su reducto en torno a la casa cuartel y el hospital de Jesús Nazareno.
      En líneas generales, así transcurre la primera semana de la guerra en Baena; más o menos como en miles de villas, pueblos y aldeas de Andalucía y de toda España. Entretanto, las guarniciones sublevadas del Sudoeste reciben importantes contingentes de legionarios y moros de Regulares que, procedentes de Marruecos, desembarcan en los puertos de Algeciras y Cádiz, entre otros, y en los aerodromos de Jerez de la Frontera y Sevilla. Desde ésta, a partir del mismo 20 de julio, se envían pequeos grupos de refuerzo a la guarnición sublevada de Córdoba. El 24, al anochecer, llegan por carretera a la ciudad de los califas fuerzas de la Legión, que desfilan por las calles entonando el tétrico himno «Soy el novio de la muerte». Aristocráticas señoritas les sirven tabaco y bebidas en el Ayuntamiento.
      Pequeñas columnas mixtas parten de Córdoba, en los primeros días, contra los pueblos de alrededor. El 27 de julio, sale en dirección a Baena la que manda el teniente coronel de Regulares Eduardo Sáenz de Buruaga, diez días antes cabecilla de la sublevación en Tetuán (Marruecos). Le acompaña su conmilitón Laureano Fernández Martos, tan preocupado por la suerte de los suyos en Baena. Para llegar a ésta cuanto antes, evitan el camino más corto, la carretera de Córdoba a Granada, ya que por ésta tendrían que atravesar Espejo y Castro del Río, poblaciones totalmente en manos de las izquierdas. Dan pues un rodeo por la carretera de Córdoba a Málaga a través e Fernán Núñez, Montilla y Cabra, localidades controladas ya por los sublevados.
      La columna Sáez de Buruaga entra en Baena a sangre y fuego. Rápidamente, levanta el cerco que sufren la Guardia Civil y los derechistas sublevados en sus reductos de la casa cuartel y el hospital de Jesús Nazareno. A continuación, mientras el jefe de la columna, teniente coronel Sáez de Buruaga, entra en el casino a refrescarse; y su compañero el también teniente coronel Laureano Fernández Martos, tranquilizado al saber que su mujer y sus hijas están sanas y salvas, marcha a su casa a tomar un baño; el teniente Pascual Sánchez Ramírez procede a un horrorosa matanza de presos izquierdistas en la céntrica plaza del Ayuntamiento. Tendidos en el suelo, bocabajo y con las manos en la cabeza, van recibiendo en ésta directamente los tiros de gracia. La sangre corre por la plaza y baja por las calles adyacentes.
      De nada sirven las súplicas de algunos derechistas, cuyos familiares se hallan presos en el convento de San Francisco. Ni la benevolencia de dos o tres notables, que se apresuran a levantar del suelo y avalar a sus allegados y conocidos, pues ellos mismos son amenazados por los esbirros. Ni la ansiedad de algunas señoras, mujeres, madres, hermanas o esposas de presos de San Francisco, que suplican a las tropas que vayan de inmediato a liberar a éstos. «¡A San Francisco iremos mañana!», contesta un militar a la madre y la hermana de un estudiante falangista preso. «¡Mañana estarán todos muertos!», le espeta la madre. Y así fue. Pues, mientras el teniente aplica su genocida represalia, la gente que huye despavorida del centro de Baena hacia las afueras y el campo, grita: «¡Están matando a los nuestros en la plaza! ¡Están matando a los nuestros en la plaza!». Cuando algunos llegan al convento de San Francisco con estas nuevas, allí es la hecatombe; con lo primero que tienen a mano los más exaltados, con hachas y pinchos sobre todo, masacran a decenas de presos de derechas; hombres, mujeres y niños.

Juan Ortiz Villalba

 

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