José Navas Molina
 
 

Manantial de Marbella
Leyenda de Venceaires
Frasquita, la tomicera
Romance de la encantada
Romería de San Jorge
Tres cruces
Tambor
Canto a la plaza

 
 
Manantial de Marbella

Manantial de Marbella,
donde las piedras al sol
parecen estrellas,
y las lavanderas bordan,
con su cándida voz,
burbujas de amor
que el agua se lleva.

¿Qué queda de aquel pilón
donde las bestias abrevan
en tanto los hombres vierten
su sudor en las acequias?

Manantial de Marbella,
donde las niñas en flor
rezuman abejas,
y las lavanderas tejen,
con suave primor,
coronas de azahar
que adornan sus trenzas.

¿Cuándo se quebró la fuente
en la que los niños juegan
y sacian su sed infantil
en las horas de la siesta?

Manantial de Marbella,
donde los hijos de Dios
alivian sus penas,
y las lavanderas siembran,
con furtivo pudor,
suspiros de varón
que abonan las huertas.

¿Por dónde corre aquel cauce
en el que aún navegan
nuestros sueños de papel
sobre barquitos sin vela?

Manantial de Marbella,
madrugada luqueña,
entre olivares verdes
y cortijos que blanquean,
tomados de la mano
mis recuerdos se alejan.

Leyenda de Venceaires

La villa vela su sueño,
érase noche cerrada;
una misteriosa mano
fuerte golpea la aldaba.
La santera del Rosario
al tiempo se sobresalta:

– Quién llamará a mi puerta
en hora tan destemplada?

Con la lumbre del candil,
resuelta y apresurada,
al liberar el cerrojo
halló una persona extraña.

–No tema buena señora,
buena señora cristiana,
que acudo en busca de ayuda
al umbral de su morada,
a solicitar de usted
compaña bien alumbrada,
que me ilumine el camino
que conduce a la alcazaba.

– Aunque tenga origen moro,
su turbante lo delata,
mi Dios jamás abandona
a quien a su templo llama.

Tomad a mi hijo pequeño
que aquí mismo me acompaña,
llevadlo de corazón
y ofrecedle buena guarda;
en su favor llevará
la mejor de nuestras llamas.

Tan pronto goza de luz,
tan presto saca su mapa,
para encaminar sus pasos
donde una cruz le señala.
Buscan sus ojos la luna
que oculta su doble cara,
y entre dolientes sollozos
anuncia con voz muy clara:

– ¡Venceaires, Venceaires,
cuánta riqueza callada
escondes en tus adentros
amparado en tus murallas!

Mueve con fuerza una roca
que estaba muy bien plantada
y en la oscuridad reluce
el tesoro de la aljama.
Abre el muchacho la boca,
al poco ya está cerrada,
que si grande era el asombro
no fue menor la amenaza.
Ya descienden del castillo
que apunta la luz del alba,
que quiere sentir el gallo
cuando abandone la plaza.

– Mil gracias, buena señora,
buena señora cristiana,
reciba mi bendición
toda su familia santa,
y que Alá les dé salud
para una vida muy larga.

Con el pelo alborotado
y con la color mudada
no supo qué replicar
la sorprendida ermitaña.
Tan huraño visitante
tan ligero se alejaba,
que entrada la luz del día
del rastro no queda nada.
Preguntado el jovenzuelo
por lo que allí presenciara,
sentenció con claridad
estas oscuras palabras:

– ¡Venceaires, Venceaires,
fortaleza tan nombrada,
cuántos misterios ocultas
en tus profundas entrañas!

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Frasquita, la tomicera

Frasquita, la tomicera,
ya viene de la pedriza;
allá partió con la fresca,
de allí vuelve con la brisa.

A la espalda van los sacos,
sobre su pecho la horquilla,
la dureza del trabajo
la reflejan sus mejillas.

Desde agosto el espartal
recibe muchas visitas,
las más pobres con costal,
con borrico las más ricas.

En la calle del Pilar,
cuando la tarde agoniza,
hacen corros las vecinas
y a la vez hacen tomiza.

Refrescan las hojas secas
sobre un tronco, piedra o canto,
y con maza de madera
majaban bien el esparto.

Luego las enredarán
con las palmas de sus manos,
caerán sobre sus pies
como frutos de artesanos.

Son soguillas de dos cabos,
cuerdas para hacer serones,
anteojeras, espuertas,
sandalias para peones…

Cuando el espartero marche
con su carga para Priego,
llevará tantos esfuerzos
por tan poquito dinero…

En el Cabezuelo Bajo
también la tarde agoniza,
y mientras pasa la vida
los pobres hacen tomiza.

Frasquita, la tomicera,
en su cuerpo de ceniza,
me mira mientras escribo,
y hace sogas con sonrisas.

Romance de la encantada

Tras la Peña de la Pita,
en una zona escarpada,
se halla una gruta escondida,
limpia de toda pisada.
Oculta entre la maleza
y algunas higueras bravas,
en noches de luna llena
las sombras huyen descalzas.
Fuera se ve la campiña,
de olivos tan bien bordada,
dentro se siente una voz
que te hiela como escarcha.
El quejido se hace eterno,
la voz suena muy lejana,
la campana rasga el viento
y despiertan las chicharras.

Cuentan leyendas nacidas
en épocas musulmanas,
de un noble enamorado
de una mora muy galana.
Su belleza era la envidia
desde Lucena a Granada,
y en el castillo de Luque,
la más bella de la aljama.
Era tal su lozanía,
tan gallarda su mirada,
tan gentil su simpatía
que a todos encandilaba.
¡Qué tantos la perseguían,
que todas la malmiraban!

El joven la pretendía
con nobleza cortesana,
bajo su velo morado
ella también suspiraba.
El padre de la doncella
no aceptó de buena gana
que una hija de Mahoma
se convirtiera en cristiana.
No le servirán los ruegos,
son mentiras y patrañas,
el profeta lo ha querido,
frente a él no vale nada.
El cruel progenitor,
de barba esculpida y cana,
velaba sus intenciones
bajo su luenga chilaba.

A la caída del sol,
con la debida compaña,
la enterrará bajo tierra,
en sus profundas entrañas,
donde negará sus ojos
a la luz de la alborada.
En aquel paraje turbio,
en la oscuridad sagrada
siempre permanecerá
de la tentación salvada.
Con el canto de los gallos,
a la primera del alba,
centinelas de la torre
van dando gritos de alarma,
que su lecho está vacío,
sola queda la almohada.

Ante tanto griterío,
ante tamaña algazara
el pueblo ya está despierto,
nadie duerme en la alcazaba.
Corre el rumor por las calles,
trota también la algarada,
en busca de la perdida,
de ella nadie sabe nada.

El joven desconsolado
salta presto las murallas,
ya vadea la laguna,
ya otea las atalayas.
Grita por despeñaderos,
por gargantas y asomadas,
y ni el eco lastimoso
le devuelve sus llamadas.
La buscó por las mezquitas,
en aljibes y almazaras,
cañaverales y fuentes,
de Marbella a Morellana.
El Tajo del Algarrobo
es altar donde proclama
su dolor de corazón
y la tristeza de su alma.

Ella le escucha penar
desde su alcoba empedrada,
pero su boca calló,
pues un guardián vigilaba,
con el gesto amenazante
y con la daga alfanjada.

Solo cuando el firmamento
de estrellas se engalanaba
soñaba que compartía
con su amante la mirada.
Así pasaron los días
viviendo cual alimaña:
agua de lluvia bebía,
almendrucos y alcaparras
era todo el alimento
que le daban los canallas.
Perdióse así la memoria
de alhaja tan estimada,
con el cuerpo envejecido,
las ilusiones quebradas,
con su amado en el olvido
y su reputación manchada.
Allí marchitó su encanto
la amapola colorada.
Allí entre las rocas yace
su hermosura cautivada.

Y tú, visitante ilustre,
de esta villa tan nombrada,
no la abandones sin ver
La Cueva de la Encantada.

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Romería de San Jorge

Romería de San Jorge,
entre olivares y almendros,
me enamoré de tus ojos
verdes como higos chumberos.

Sobre un manto de pedriza
se desbordan los romeros
en un caudal de alegría,
de bulla y repiqueteo.

Tu pelo adornaba el aire,
tu cuerpo engalanó el suelo,
y vi mi infancia marchita
entre ardorosos deseos.

Las risas de los muchachos
corrían como un riachuelo,
con él se fue mi inocencia,
por él llegó tu velero.

La música del acordeón
acompasaba tu vuelo,
bailabas como un peón
con la cuerda del salero.

Del hornazo de mi madre
para ti guardé dos huevos,
redonditos, redonditos,
¡lo mejor del gallinero!

Sobre la cal de la ermita,
desconchada por el viento,
pinté con verdín tu nombre,
¡rey de mi pecho moreno!.

Del cerro Miragalanes,
un palomo mensajero
dejó, sembrador, en mi alma,
un luminoso te quiero.

Trino de alondra tu voz,
tu aliento flor de romero,
yo tu luna, tú mi sol,
solos en el firmamento.

De la miel de tus labios
me sentía el colmenero
y entre aguijones de abejas
te libaba el primer beso.

En mi mano temblorosa
posaste un ramo de espliego,
que me embriagó los sentíos
tomándolos prisioneros

Un arrullo de perdiz
cortejó nuestro paseo,
revoloteó a tus pies,
donde puse el mundo entero.

El tañido de campanas
pregonó nuestro secreto
entre las crestas serranas,
al galope de los ecos.

–¡Qué sonido de leyenda!
–¡Qué virtuoso campanero!
–¡Qué aroma de primavera!
–¡Qué clamoroso festejo!

Las entrañas de la tierra
despreñaban sus misterios,
en un luminoso abril
de jazmines y cencerros.

En la oración a mi santo
le pedí a corazón lleno
que reforzará mi amor
con fortaleza de acero.

Juntos al anochecer
bajamos por el sendero,
tú volvías a tu casa,
yo, caminito del cielo.

Y en la bóveda celeste,
al cruzar El Cabezuelo
se iluminaba una estrella
a la vera de un lucero.

Romería de San Jorge,
un mes de abril en mi pueblo,
¡cómo brillaban tus ojos!,
del año ya ni me acuerdo.

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Tres cruces

Tres cruces,
tres llagas,
tres heridas,
por las que sangra
la historia de mi pueblo,
noble y sagrada.

La Cruz de la Roldana,
piedra bendita de honor mancillada
sobre memoria viva
y mártir de una dama,
con sus pechos de luna
mutilados por daga musulmana.
Sangre de nuestra sangre,
gran torrente de vida que amamanta
la singular bravura de las gentes
de esta villa serrana.

Es la Cruz de Marbella,
faro perenne de la madrugada,
para los campesinos
de manos encalladas,
para los labradores
que entierran sus penas tras las azadas.
Sangre de manantial
por cuyas venas fluye la esperanza,
agua de miel que mi tierra sedienta
bebe de sus entrañas.

En la Cruz del Convento,
cuando duerme la voz de la espadaña,
brotan tibios rumores
de horno, molino y fragua;
gentil abrevadero
que nos brinda el maná de la alborada
Sangre de la oración
sincera, fecundadora del alma,
luminoso vivero de su fe
fervorosa y cristiana.

Tres cruces,
tres llamas,
tres luces
como tres albas
que alzan su vuelo
sobre la fuente clara.

Tambor

Tambor,
cornetas y costaleros,
Luque, redoble,
pregón,
ofrenda, velas y atuendos.

Tambor,
de la Centuria Romana,
furia, redoble,
temblor,
toda la Santa Semana

Tambor,
palmas de miel en la misa,
ramos, redoble,
candor,
triunfo de La Borriquita.

Tambor,
fuente de sienes heridas,
ronco, redoble
pasión,
llagas de las Tres Caídas.

Tambor,
canto de fe pecadora,
piedra, redoble,
Señor,
humilde pan de la Aurora.

Tambor,
cuadrilla de colinegros,
turba, redoble,
deudor
de Judas el traicionero.

Tambor,
el granizar del diluvio,
campo, redoble,
sudor,
desfile del cuello sucio.

Tambor,
ecos que alumbran balcones,
niñas, redoble,
tremor,
amargo sol de Dolores.

Tambor,
cálido vientre de luz,
santo, redoble,
pastor,
Cristo de la Vera Cruz.

Tambor,
trueno de fe en el convento
luna, redoble,
fulgor,
Expiración y Silencio.

Tambor,
alma que late en los dedos,
alba, redoble,
fervor
del corazón nazareno.

Tambor,
manos de verde olivar,
capa, redoble
dolor
de la Hermandad de San Juan.

Tambor,
lágrima en flor de azahar,
copla, redoble,
y amor
de maternal Soledad.

Tambor,
vergel ahíto de pena,
llanto, redoble,
perdón,
suspiros de Magdalena.

Tambor,
émulo de campanario,
lauro, redoble,
viador
en la subida al Rosario.

Tambor,
yunque de mantilla y luto,
duelo, redoble,
crespón,
aura del Santo Sepulcro.

Tambor,
vientre que ilumina el sol,
Hijo, redoble,
valor,
Virgen del Mayor Dolor.

Tambor,
pénsil de patios en flor,
vida, redoble,
clamor,
Pascua de Resurrección.

Tambor…

Tambor…

Tambor…

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Canto a la plaza

I

La plaza de Luque es monumental,
remanso plácido de arte e historia.
¡Cántico luminoso de cristal,
rocoso pórtico, pilar de gloria,
ataviado de oro como un cendal
que surcara mares en la memoria!
Y en su sosiego se eleva una cruz,
sangre en la victoria, sombra en la luz.

II

La Iglesia parroquial de la Asunción,
tesoro artístico de nuestra villa,
templo y fortaleza de la oración,
es venero de fe, fruto y semilla.
Su artesonado, retablo y frontón
rematan tan colosal maravilla.
Mientras, en la torre del campanario,
las campanas convocan al rosario.

III

El viejo torreón desguarnecido,
huérfano de arcabuces y murallas,
de almenas arrojadas al olvido,
testigo mudo fue de mil batallas.
El reloj de sol es ave sin nido
que canta sin voz las horas canallas.
Y los hombres olvidan su destino
ahogando su pena en un buen vino.

IV

Majestuoso balcón sobre el verdor
oceánico de nuestra campiña,
tú, noble Albenzaide, campeador
horadado por vientos de rapiña,
con tal orgullo muestras tu esplendor
que albercas son mis ojos de morriña.
Y en el altillo de los jornaleros
se abrazan los lunes con los eneros.

V

Qué hermoso azul en tu arco celestial,
patio moruno de gentil primor,
que guardas en tu enigma califal
el secreto perfume de una flor,
y labras corazones del riscal
con mano firme de gran escultor.
Y en la noche, arracimada de estrellas,
los luqueños lloran de amor por ellas.

VI

La vida fluye como un manantial
al sereno regazo de la plaza,
joven regato de eterno caudal
que esquiva las furias con su coraza.
Aquí, sobre este idílico rodal,
quiero ganarle al mar mi última baza.
Luego, lanzad al monte mi ceniza,
para que anide libre en la pedriza.

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© J&B 2006/2008