ACTO-HOMENAJE FUSILADOS EN LUQUE
75 ANIVERSARIO
Las últimas semanas, los últimos días, están siendo días extraños, días de recuerdos emocionados, de enorme dolor por los incontables crímenes de crueldad infinita, en todas sus modalidades…. En tantos lugares…
Están siendo días de ausencias, de silencio, días de víctimas y monstruosidades olvidadas incluso entre los olvidados…
De modo que con esta breve recapitulación no habría ni por dónde empezar. Aún hoy continúan existiendo en España más de 150.000 desaparecidos en fosas clandestinas y un número indeterminado de niños robados por la dictadura de Franco a sus verdaderas familias, y entregados a otras afines al régimen consideradas como “más adecuadas”. Y junto a ello, los miles de muertos.
Justicia y dignidad para ellos, eso es lo que pretendemos hacer esta tarde, en la medida de nuestras posibilidades y con toda humildad.
Yo no soy historiadora, ni voy a pretender serlo, pero si quiero hacer una breve síntesis de aquellos días de y las primeras fechas de la guerra civil, una guerra de la que ya han pasado 75 años y a cuyas víctimas, muchas de ellas familiares nuestros, nuestros padres, nuestros abuelos, aún no se les ha hecho justicia.
Setenta y cinco años de injusticia, setenta y cinco años de impunidad. Es hora de romper el silencio.
Mi visión sobre esta guerra se va a centrar en lo acontecido en Luque, basándome para ello en distintos historiadores, a los que desde aquí quiero dar las gracias por la gran labor de memoria que han realizado. Gracias a Juan Ortiz, a Isidoro Sánchez y a Francisco Moreno, autores que me han servido de guía en esta exposición.
Y gracias, sobre todo, a todos los presentes, fundamentalmente a los familiares de las víctimas y por tanto, víctimas también. Se lo duro que para ellos va a ser escuchar el relato de los hechos, hechos que, aunque por todos conocidos, nos van a hacer revivir de algún modo aquellos días. Pero precisamente esos días y esos testimonios forman parte de nuestra historia y como tal, debe ser conocida por todos. No podemos continuar relegándolos en el olvido.
Sé que se van a quedar muchos nombres atrás, pero mi objetivo hoy es centrarme en los fusilados de la plaza de Luque. Tan valiosas eran las vidas de estos como las de los que hoy se queden sin nombrar; tan injusta la muerte de unos como de otros. No obstante, por ser mañana la fecha conmemorativa, creo que era justo y necesario llevar a cabo este humilde acto. Valgan los nombres de los aquí citados hoy para recordar e intentar hacer justicia con todos y cada uno de nuestros muertos y represaliados en la guerra civil. En ningún momento voy a intentar buscar culpables, solo rendir homenaje a esas personas que perdieron lo más valioso que tenían, su propia vida por, en algún momento, haber defendido sus ideas. E incluso en muchos casos, el simple hecho de haber participado en una huelga o un simple comentario fue excusa suficiente para acabar con su vida.
Y ya, sin más preámbulos, voy a entrar de lleno en la narración de los hechos.
El 16 de febrero de 1936 gana las elecciones el Frente Popular de izquierdas. De inmediato, una avalancha de denuncias contra los patronos que no han respetado las bases de trabajo afluye a los jurados mixtos, que, bajo la batuta de la nueva administración, presentan otra vez un cariz favorable a los trabajadores. Los sindicatos resurgen más potentes que nunca. Arrecian las huelgas. Los salarios suben como en el primer bienio de la República. Entre los jornaleros, muchos perciben el cambio de inmediato.
En el Cabezuelo, el barrio más mísero de Luque, vive con sus hijos una viuda aficionada a inventar y cantar coplas de carnaval. Durante el de 1936 pone, entre otras, está en circulación:
Cuando mandaba Gil Robles
Yo no tenía ni mantón
Y con el mando de Azaña
Me he comprado un toquillón.
Cuando en verano triunfe la reacción armada, esta mujer pagará muy caros estos graciosos versos sobre el toquillón que nunca tuvo y con el que por fin pudo abrigarse en la primavera de 1936. Su desparpajo nunca será perdonado, ni la gráfica sencillez con la que contraponía el esperanzado mandato del Frente Popular a la política de negra reacción social de los dos años anteriores.
El 17 de julio de 1936 se sublevan contra el gobierno legítimo de la república, las guarniciones del protectorado de Marruecos, secundadas al día siguiente, a lo largo del Valle del Guadalquivir, por las de Sevilla, Córdoba, Cádiz y Écija.
Triunfante la revolución, en la capital de la provincia, al atardecer del 18 de julio se enviaron telegramas a los puestos de la Guardia Civil, ordenándoles la declaración del Estado de Guerra. En Luque probablemente se recibiría dicha orden la noche del 18 o la madrugada del 19. Previsiblemente, la principal oposición a la sublevación militar la deberían mantener los afiliados al Centro obrero, situado en el número 55 de la calle Marbella y conocido por muchos de nosotros actualmente como la Cámara agraria. La guardia civil, consciente de la organización tan endeble que tenían los partidos republicanos, efectuó contra el centro obrero su primera acción, al rayar el alba del día 19.
Esa noche también se estaba conociendo en aquel lo que estaba sucediendo, fundamentalmente a través de una radio, que habían comprado los afiliados. También parece que pudieran haberse introducido algunas armas en el mismo, escopetas y pistolas, en muchos casos escondidas en las vestimentas de las mujeres. Se organizaron algunas rondas por el pueblo para tener informados a los reunidos de lo que estaba sucediendo. Se enviaron comisiones a los cortijos del término, donde trabajaban, en faenas de recolección, obreros afiliados al centro, con la consigna de que había estallado la revolución y debían concentrarse en aquel. Las comisiones, junto con los obreros que recogieron, regresaron al pueblo, ya de madrugada, por el camino de la fuente Luque. En este lugar se concentraron alrededor de 50 personas. Entraron en el pueblo por la calle Algarrobo, siguieron por Berrejalos, bajaron por la calle Cuca hasta llegar a la calle Alta y de aquí al Centro. En este, las opiniones eran diversas: unos, con el Presidente de la Sociedad Fraternidad Campesina al frente (Antonio Marzo Carrillo), eran partidarios de seguir las consignas que, por la radio, estaban dando algunos líderes nacionales de los partidos de izquierdas y pasar a la acción para intentar apoderarse del pueblo. Otros, con Juan Luque Molina, más conocido como Puchita, presidente del Partido Socialista, a la cabeza, eran partidarios de esperar el desarrollo de los acontecimientos. Se impuso esta última.
Aquella noche del 18, al parecer, se recibió en el cuartel de la Guardia Civil, al igual que en otros puestos de localidades pequeñas, orden de concentrarse en la localidad cercana más grande, en nuestro caso, Baena. Esa orden no se materializó, posiblemente por encargo especial del jefe de la sublevación en Córdoba, Coronel Ciriaco Cascajo Ruiz. Se daba la circunstancia de que el Coronel Ciriaco Cascajo era, por su madre, oriundo de Luque, pueblo en el que habitaban sus dos hermanas, a las que el artillero, solterón empedernido, estaba muy unido. Velando pues, por la seguridad de su familia, Cascajo ordena que las dotaciones de la Guardia Civil de varios pueblos y aldeas del campo de Priego se concentren en Luque, aunque el puesto local no tiene categoría de cabecera de línea. En un primer momento, el sargento comandante del mismo, Pantaleón Jorge Sáez, se muestra partidario de mantener la fuerza acuartelada.
En la casa cuartel de la Guardia Civil, antiguo domicilio del gran propietario Juan de Dios Serrano, abuelo materno de Ana Botella, permanecen el sargento y el resto de los guardias, cuyas familias son alojadas en las casas de alrededor. En las esquinas próximas levantan parapetos defensivos, en los que también hacen guardia algunos derechistas. Pero este conjunto resulta de difícil defensa por encontrarse en el centro del declive que hace la calle céntrica del pueblo, la carrera de don Niceto Alcalá Zamora, que pronto será rebautizada como del coronel Cascajo por la nueva comisión gestora del Ayuntamiento y que actualmente solo conocemos como Carrera.
Mientras en el centro permanece la indecisión y en el cuartel se optó por permanecer en el pueblo, al alba del día 19 una pareja de guardias se presentó en aquel para detener a los allí reunidos. Estos se entregaron sin oponer la menor resistencia, seguramente inconscientes de la tragedia que después se iba a cernir sobre algunos de ellos. El número de detenidos pasaba de 40. En un principio los llevaron al patio del cuartel, pero al día siguiente o al otro los encerraron en un salón contiguo, que hasta entonces estaba ocupado por una taberna. Aquel mismo día 19.
Ese mismo día recibió la Guardia Civil refuerzos procedentes de Fuente Tojar. Este hecho puede ser una corroboración más del interés de Cascajo por Luque, ya que lo normal hubiera sido que estos guardias se hubieran concentrado en Priego, cabecera de línea.
A las 8 de la tarde, Pantaleón Jorge se incautó del ayuntamiento, que por aquel entonces estaba en el número 14 de la calle Carrera, ya que el actual se estaba construyendo.
El día 20, a mediodía, llegó un tren procedente de Jaén repleto de milicianos, dirigidos por el diputado socialista por aquella provincia, Alejandro Peris, a los cuales se unieron los obreros que residían en la estación, fundamentalmente ferroviarios.
Peris mantuvo una conversación telefónica con Pantaleón, instándole a que dejara en libertad a los presos, ya que en caso contrario, asaltaría el pueblo. Pantaleón se negó y los milicianos, con escaso armamento, atacaron.
El sargento, que contaba con una docena de guardias, era partidario de acuartelarse, pero fue convencido por el cabo para salir del cuartel y hacer frente a los atacantes. Este organizó la defensa del pueblo con una veintena de personas. Se dispusieron los principales puntos de defensa, paseo del Rosario y tajo del algarrobo y después de un tiroteo cruzado que duró cuatro horas, se retiraron los atacantes, al parecer con algún herido. Aquella misma tarde se marcharon otra vez para Jaén, quedando en la estación los allí residentes y los obreros que en los días sucesivos huyeron de Luque y se les unieron. El número de los concentrados en pie de guerra oscilaría alrededor de 80 personas. El armamento con el que contaban era rudimentario y escaso (armas blancas, algunas escopetas y 3 o 4 fusiles).
Mientras la Estación y buena parte del término estaba dominada por los obreros, en el pueblo se organizan milicias cívicas y de falange.
La mañana del 31 de julio, el teniente Sánchez Ramírez, que en los días previos había originado una auténtica masacre en Baena, extiende sus atroces represalias al vecino Luque. Acompañado de un puñado de guardias y dos aguerridas mujeres, armados todos con ametralladoras, se presentan en el pueblo. Las señoras visten sendos monos azules. En la plaza de la constitución y a lo largo de la carrera se les une una masa de curiosos, mujeres y chiquillos sobre todo.
Cuando la comitiva llega a la casa cuartel, salen a saludar al teniente el sargento Pantaleón Jorge y sus guardias, cuyas mujeres e hijos, alojados en los domicilios particulares de alrededor desde que se concentraran en Luque las dotaciones de los pueblos y aldeas cercanos, se asoman a balcones y ventanas o salen a la calle y engrosan el grupo de gente que, presagiando la tragedia, se agolpa ante la puerta del cuartel.
El teniente pretende fusilar, de inmediato, en la plaza de Luque a las decenas de presos que se hacinan en el salón colindante con el cuartel. El pánico se apodera de todos a su alrededor, sobre todo de las mujeres de los guardia civiles, Instintivamente conscientes del peligro que corren ellas y sus familias cuando, consumada la masacre, el teniente y los suyos vuelvan a Baena.
La consternación embarga por momentos a todos los que se hacen idea de la situación. El sargento y sus guardias se esfuerzan en explicar al teniente que los presos de Luque han sido detenidos como prevención más que como represión de un movimiento, que en el interior de este pueblo en realidad no se ha producido. Pero es la mujer de Pantaleón, secundada por las de los guardias, la que con su actitud decide la situación. De rodillas ante el teniente y agarrándose literalmente a sus piernas, le suplica por Dios que no fusile a aquellos hombres, que no han hecho nada, consiguiendo ablandar en parte al monstruoso teniente.
No obstante, después de un largo regateo con éste y sus guardias, saca a Juan Luque Molina, Puchita, presidente del Centro Obrero; a Antonio Marzo Carrillo, conocido como Sardinas; a los hijos de la verraca, la mujer del cabezuelo que cantaba graciosas copletas de carnaval, José Mansilla López y Francisco Mansilla López y a tres presos más, Juan Carrillo López, Pedro Serrano González y José Farrago Cubero y a los siete los fusilan en la plaza. Por el camino, iban recogiendo a todo el que encontraban a su paso, para que presenciasen el fusilamiento. Después del mismo, ordenó tocar las campanas en señal de alegría por haber sido eliminados aquellos rojos.
Como en tantas otras localidades, el primero en caer, víctima de las represalias, es el dirigente moderado que en los primeros momentos solo piensa en controlar a los suyos a fin de que no causen destrucciones y males mayores.
La mujer de Puchita y sus seis hijos escuchaban las descargas del fusilamiento desde su domicilio, situado a pocos metros del paredón, en el tramo de la calle empedrada conocido como el arco. Presas del pánico y abrazados unos a otros, se esconden en el fondo de la casa.
Para terror y escarmiento del pueblo de Luque, los cadáveres de estos siete hombres permanecen largas horas bajo el sol abrasador, tendidos ante el paredón.
Una vez empezado el caos y la tragedia de una guerra, poco importan los derechos de las personas, y entre ellos el fundamental, el derecho a la vida. Lo que interesaba era eliminar al opositor político, al enemigo de clase social que hubiese contribuido, más o menos activamente, bien a cambiar las injustas condiciones sociales o bien a continuarlas.
En Luque existieron otras formas de represión, llamemósles, menores, como fueron el rapado de cabeza, la ingestión de grandes cantidades de aceite de ricino y palizas.
El rapado de cabeza fue aplicado, exclusivamente, a las mujeres que, a juicio de las nuevas autoridades, se habían destacado en sus crímenes o burlas públicas contra la derecha o la iglesia. Estos rapados dieron lugar a que algunas de estas mujeres fueran conocidas con un apodo relacionado con este hecho.
El aceite de ricino y las palizas eran aplicados a los detenidos en el salón, donde algunos de ellos estaban solo porque tenían algún familiar en la otra zona. Cuando eran llevados al cuartel para algún interrogatorio se les aplicaban estos métodos o incluso se les ponía una pistola en la cabeza amenazándolos de muerte o les hacían estar toda la noche de pie en algún rincón del cuartel.
Las condiciones de vida de los detenidos en el Salón eran difíciles y angustiosas. Se desenvolvían en un espacio cerrado y reducido, durmiendo sobre jergones en el suelo, teniendo la propia familia que llevarle la comida. Sus necesidades físicas las hacían en un cubo, a la vista de todos; pero lo más angustioso era pensar si su nombre sonaría en alguna saca nocturna. En estas sacas se repetía normalmente el mismo ritual: de madrugada, eran levantadas del suelo, donde estaban tumbadas, las personas elegidas. Eran subidas a un camión. En el cajón iban los presos con un vigilante o dos y en la cabina el conductor con otro par de vigilantes. En otro coche, siguiendo al camión, iban otros dos miembros del piquete.
En Luque no debería haber ocurrido ningún fusilamiento. Sobre ningún fusilado, tanto de un bando como de otro, recaía ningún delito de sangre o violencia. Por tanto, fueron víctimas inocentes del odio y la barbarie de una guerra civil.
Como ya he dicho antes, lo que más temían los presos es que su nombre apareciera en alguna saca nocturna. A aquella primera saca a la que hoy conmemoramos, siguieron otras. A continuación voy a dar una relación con los nombres de las personas que fueron “sacadas”, así como la fecha y el lugar donde fueron fusilados.
Fecha: 31-7-1936.
Lugar: Paredón de la Plaza .
- Juan Luque Molina, 42 años, pescadero, presidente del P. Socialista.
- Antonio Marzo Carrillo, 32 años, jornalero, presidente de Fraternidad Campesina.
- Juan Carrillo López, 37 años, jornalero.
- Pedro Serrano González, 26 años, jornalero.
- José Fárago Cubero, 21 años, jornálero.
- José Mansilla López, 19 años, jornalero y acólito.
- Francisco Mansilla López, 24 años, jornalero (hermano del anterior).
Fecha: 5-9-1936.
Lugar: Córdoba.
-José Pérez Cuadra, 46 años, jornalero
Fecha: 18-9-1936.
Lugar: Km. 5 de la Ctra. de Cabra a Monturque o en la Ctra. de Lucena a
Monturque, en el sitio conocido como la "Estacada de los Muertos".
- Antonio Corpas Arrebola, 43 años, empleado municipal, socialista.
- Manuel Cubero Ortiz, 28 años, jornalero.
- Ángel García Caballero, 36 años, jornalero.
- Antonio Gámez Aguilera, 25 años, jornalero.
- José Cañete Tienda, 25 años, comercio, socialista.
- José Castro Carrillo, 21 años, jornalero, socialista.
Fecha 20-9-1936.
Lugar: Cementerio de Zuheros.
- Juan Zoilo Mansilla López, 26 años, jornalero.
- Antonio Sánchez Serrano, 27 años, jornalero.
- Domingo Lucena González, 25 años, jornalero
Fecha: 2-10-1936.
Lugar: Km. 5 de la Ctra. de Cabra a Monturque.
- Agustín Castro Mansilla, 55 años, barbero.
- Rafael Castro Carrillo, 26 años, jornalero.
- Antonio Castro Carrillo, 27 años, jornalero. (Estos dos, hijos del 1°).
- José María Molina Moral, 46 años, jornalero, socialista.
- Francisco Moral León, 57 años, jornalero.
No hay constancia del lugar y la fecha exacta.
- Francisco Ortiz Mansilla, 26 años, jornalero.
- José Gómez Ortiz, 24 años, jornalero.
- Manuel Flores Gómez, 60 años, jornalero.
- Salvador Porras Alba, 57 años, jornalero.
- Francisco Porras Alba, 40 años, jornalero. (Hermano del anterior).
- Manuel Baena Tienda, 20 años, jornalero, Juvent. Comunistas.
Fecha: 11-12-1936.
Lugar: Cementerio de S. Rafael (Córdoba).
- Antonio Navas Moreno, 76 años, labrador, nicetista.
- Antonio Navas Calvo, 37 años, jornalero (hijo del anterior).
- Emilio Galisteo Gómez, 27 años, jornalero.
- José Ordóñez Otero, 67 años, jornalero.
- Agustín López Ortiz, 29 años, jornalero.
- Francisco López Ortiz, 33 años, jornalero (hermano del anterior).
- Manuel Lucena Muriel, 50 años, jornalero.
Fecha: 14-12-1936.
Lugar: Córdoba.
-Agustín Cañete Moreno, 31 años, jornalero.
Fecha: 11-3-1938.
Lugar: Córdoba.
- Emilio Lucena González, 28 años, jornalero.
- Antonia López Carrillo, 59 años, ama de casa.
Esta es la mujer del cabezuelo que cantaba coplas de carnaval, conocida por todos como la Berraca; la única mujer fusilada en nuestro pueblo.
Hubo más muertos, muchos más, todos ellos víctimas inocentes sobre los que pesan 75 años de injusticia. A todos ellos, mi más sentido reconocimiento.
Y ya sin más, les dejo con nuestro paisano, José Navas Molina. El ha escrito algunas poesías para la ocasión y creo que estas serán el broche de oro para finalizar un acto tan emotivo como el que hoy hemos pretendido hacer.
Buenas noches y muchas gracias.
Luque, 30 de julio de 2011
M. Carmen Poyato León